Tan sólo en estos últimos años la mayoría de la gente se ha parado a pensar en el Oeste como una nueva tierra. Supongo que la idea ganó terreno porque nuestra propia y peculiar civilización era nueva aquí; pero, hoy en día, los exploradores están excavando bajo la superficie y sacando a la luz aquellos capítulos de la vida que surgieron y cayeron entre estas llanuras y montañas antes de que comenzara la histeria que recordamos. Nada sabemos acerca de un emplazamiento pueblo de 2.500 años de antigüedad, y fue un duro golpe para nosotros cuando los arqueólogos fecharon la cultura subpedregal de México en 17.000 o 18.000 años antes de Cristo. Escuchamos rumores sobre cosas aún más antiguas, lo bastante — hombres primitivos contemporáneos de animales extintos que hoy en día conocemos sólo a través de unos pocos y fragmentarios huesos y utensilios— como para que la idea de novedad se desvanezca vertiginosamente. Los europeos normalmente captan el sentido de antigüedad inmemorial, y los profundos sedimentos de sucesivas corrientes vitales, mejor que nosotros. Sólo hace unos pocos años, un autor británico dijo de Arizona que es «una región de brumas lunares, muy atractiva a su manera, tanto como severa y vieja… una tierra antigua y solitaria».