En un pasado remoto la naturaleza se nos aparecía como algo
incomprensible, gobernado por el antojo de los dioses. Durante siglos
los científicos fueron rastreando regularidades en ella, hasta que
creyeron haber descubierto unas leyes que prescribían el movimiento de
cada partícula del universo con exactitud y para siempre: el mundo era
como un mecanismo de relojería. En el siglo XX esta visión comenzó a
cuartearse, y la incertidumbre y el azar se introdujeron en ella.
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